domingo, 16 de septiembre de 2012

ADORADO CILICIO




¡Qué bellas son estas páginas en blanco que no se conmueven -ni conmoverán jamás- frente a lo que aquí escriba! ¿Podré narrar lo que me propongo? Describir nuestro amor... nombrarlo una y otra vez hasta agotarme -tu amor me agota y nadie conoce ni sospecha la imagen que llevo dentro-. ¡Oh, adorado! ¡Qué secreto tan grande me distingue! Cual una fíbula de oro engarzada en pequeños diamantes y rubíes me atraviesa de lado a lado el corazón. Ya veo que me sale caro este detalle: habré de sufrir al despuntar el día, delante de la alegría de las otras y, lo que me es mucho más penoso aún, delante de mi propia alegría. Cuando me santiguo, cuando canto, cuando oro, cuando me baño en la vulgar dicha, sé muy bien que una parte de mí llora con vagidos y sollozos que recuerdan los lamentos de un entierro. ¿Vendrás? ¿Vendrás algún día? Venías siempre. Me lo dijiste: "Siempre". Siempre es una palabra demasiado hermosa, demasiado imposible, como un planeta sembrado enteramente de flores.










I


Llueve. Hoy es el día. Voy hacia tu encuentro. ¿Cuándo fue la primera vez? Creo que también llovía igual que hoy. Te susurré: "¡escucha!, llueve... me gusta el sonido de la lluvia". Me miraste interrogativo desde la oscuridad de mi celda y te quedaste callado. El comentario no te decía nada, o más bien a mí me daría esta impresión, no lo sé con exactitud... Por increíble que esto parezca, nunca he sabido gran cosa de ti venerado hermano. Sospecho -y esto lo adivino porque me lo has sugerido infinidad de veces- que prefieres las tinieblas a la luz y que a tu lado nunca se está a salvo porque permaneces impredecible, porque en ti todo se da de un modo muy enojoso, muy peculiar, casi diríase al revés ¿me equivoco? Críptico, el adjetivo que mejor te asimila. Y yo, adoratriz, adoradora incondicional de tu enigma.






II


Me gustaría que este diario que escribo ahora sin destreza, un poco para alcanzarte y otro para perderme, fuese como esta vaga lluvia que cae hoy sobre el convento, sin objeto preciso, casi absurdamente. ¡Qué bella es! Absurda y bella como tus caricias, sin más intención que el instante mismo, fresco, auténtico, fugaz. Y luego la despedida. Tu despedida. Huyendo, siempre -que es lo que más te hace feliz- para que ya no nos veamos.






III


Dijiste entre descreído y burlón ¡¿una monja Tea?! Herminia mientras tanto se relamía de goce en su cuneta. No deseo relatar ahora las mil y un insignificancias que me llevan a odiar este convento. Ayer, sin más, entreabrí una puerta y me topé frente a frente con una monja de hábito blanco, seccionando un corazón gigante. Lo cortaba en muy finas láminas, muy delicadamente, canturreando una nana de mi infancia. Tal visión me horrorizó. Cerré la puerta y me fui corriendo. Me pregunto si tendrá algo que ver todo esto con que el otro día tú y yo... Últimamente vivo de presagios. Como si "Ella" intentara vengarse, como si todos nuestros sueños, inquietudes y pequeñas maravillas, fueran vencidas finalmente. Por fortuna esa misma tarde salí al vergel y los árboles me recibieron amarillos, ígneos, flameando tu rostro. En cada uno yo creía encontrar tus lanceolados ojos de genio maligno, tu sonrisa un poco perspicaz, otro tanto canalla, tu rostro redondo como una moneda, autosuficiente y falaz como el sol que la ilumina.






IV


Herminia... ¡pobre ángel mío! Con sus grandes ojos asombrados ¿o debería decir atolondrados?, algo macilenta es cierto, saltando siempre de aquí para allá como un gorrión nervioso; con esos vestidos de volados y alforjas, infantiles y ridículos que le ponía su madre. Le enseñaste a masturbarse y a gozar pero no ha dejado de jugar con las muñecas. Todavía te ama ¿lo sabías? Me lo dijo aquella tarde, apretujando su muñeca preferida, ésa, la del pelo blanco apelmazado y las manos truncadas como pinzas, me dijo: "Lo amo, lo voy a amar siempre". La abracé. Nos abrazamos los tres y giramos. Yo también te amo, hermano mío, te amo mucho.






V


¿Y gozaba yo? ¡Certes!, como una endemoniada. ¡Y qué horror tan grande sentía de mí misma!, ¡qué vértigo!, ¡y cuánta admiración por los pequeños vidrios!, agacharse a recogerlos hubiera sido una herejía. Y aún así qué gusto tan intenso sentía al contemplarlos, apenas separados los unos de los otros, formando la figura de una regia estrella.








VI


Me pregunto dónde estarás ahora desalmado hermano. Tan errático e inconstante como un alma en pena. ¿En Giverny? ¿En Fontainebleu? ¿A cuántas bocas gentiles habrás abandonado? ¿Cuántos cuerpos impúberes se agitarán ahora, hoy mismo, esta misma noche, inquietos, desposeídos, extrañados, debajo de blancas y finísimas sábanas de seda, luego de haber sido mancillados por tu anhelo? Caprichoso, pero divino. Me cuentan que te has casado y que vives muy orondo en tu casita de campo rodeado de árboles, de mimosas y demás flores silvestres. Eso está bien. Te imagino un buen día despertando con el canto de los pájaros, una mañana cualquiera, desperezándote, feliz. Cómo me gustaría entonces clavarte un cuchillo. A menudo me recreo en estos idilios salvajes nada más que por diversión, entrándome unos escalofríos y unos espasmos de placer inmensos, inimaginables. Sólo un instante es perfecto: el de la penetración, a él lo sacrificaría todo. ¡Qué intenso es y qué contenta me pongo! ¡Con cuánta facilidad entra el filo, deslizándose por adentro de las carnes como un pez resbala en el agua! nada más que por la alegría el crimen merece la pena, se vuelve bello de golpe, bello y verdadero como una gran revelación.






VII


Y, como cada vez que te pienso, Herminia, harta de agua, sobrevuela por encima de mi frente. Más lejos y en la oscuridad, algo pende de un hilo. Me doy cuenta enseguida que mi angustia deriva justamente de la tensión de ese hilo, de mi ignorancia suprema, de mi incapacidad para ver y no de la inmensidad de Herminia. ¿Qué tiene de peculiar lo que hice? Realmente no pensaba escribir sobre aquello. En sueños, veo la cara de Herminia sonreír, su regordete y gracioso cuerpo germinado. Ni un sólo remordimiento asoma a mi consciencia. 






VIII


En el convento, es decir mi cárcel, intento pasar inadvertida. Hay niñas que no saben lo que quieren: tan pronto llegan al éxtasis por pura invocación divina, como se embadurnan de polvos y carmín en el interior de sus celdas. Las hay también que se frotan sin sospechar su pecado. Otras, las más osadas, roban por vocación, escamoteando joyas o reliquias de la Madre Superiora. Las mentes ruines abundan y están a la orden del día. En cualquier caso yo intento mantenerme al margen. Y no es que me crea superior que ninguna -yo misma estoy aquí por mor de mis pecados-, o tal vez sí, pero no es por esto que me ausento sino debido a una razón más simple y más compleja a la vez según el cristal con que se mire: la opacidad. Y el hecho es que por donde quiera que vaya no encuentro reflejo, y aunque encontrara brillo -y algunas jovencitas he de reconocer que de verdad lo tienen- ninguna se asemeja a un espejo. Ninguna logra devolverme una imagen de mí misma para que pueda reencontrarme y ser feliz. Las oigo reír, suspirar, rezar, salmodiar; es igual ninguna logra deslumbrarme, alcanzar mi corazón. A tal punto llega mi apatía, que he considerado mayormente la opción de una continua y prolongada vacuidad perpetua. Sin alma, como muñecas mecánicas, como cuerpos vibrando y moviéndose en el espacio, con una mímica muy particular, es cierto, casi convincente, casi, infinitamente verosímil, pero huecas al fin como el mismísimo abismo.






IX


Es tarde ya... La empecinada. En la espera de tu visita me doy cuenta que he perdido muchos años y que ansío rodar por la escalera. Rodar, más bien, elegantemente, como en una ficción: sin golpes ni atropellos, sin moretones ni sangre. Desmoronarme por una larga pendiente de anchos y fríos escalones, fríos muy fríos, con pretiles en forja a los costados, labrados primorosamente como el fino encaje de las viudas -ya conoces mi ilusión por lo decrépito-. Pero yo no. Despeinada y embebida en sangre, así no te gustaría. Dirás... "demasiado solemne para mi gusto" burlándote de mí, "demasiado sórdido" dirás, echando por tierra mi esmerada escena. ¿Cómo se hace para llegar a ti mon frère chéri? Te me escapas. Igual que la peliaguda sortija que de niña procuraba asir desde un corcel. Nada, ineficaces y grotescos manotazos en el aire.






X


Recuerdo a las tías, esos horcos. Sus caras como máscaras. Esas guardianas de la perfección, esos paradigmas de la felicidad. Les hablabas de mí ¿no es cierto? aquella vez que no viniste. Sabía que no vendrías. El último día para nosotros, tan triste, sin besitos en la comisura de los labios que tanto te gustaban, sin palabras de consuelo y despedida. Te espié. Escondida detrás de aquél pesado y tieso cortinado bordó. Me daba vergüenza verte, no me atrevía, me has inspirado siempre demasiado respeto. Sin embargo, no sería ésta la última vez. Siempre creo que es la última, y esta inseguridad mía se debe más bien al hecho de que alguna respuesta tuya, lacónica tajante, realizada con anterioridad y con absoluto desdén, alguna gestualidad tuya, extraña, desconcertante -no tiene por qué ser necesariamente un gesto o una palabra también puede ser un silencio- me conducen rápidamente al miedo, al pánico, al horror, de imaginarme una vida sin ti, sola ya, sola, como una frágil mariposa en mitad del desierto. Paradójicamente en mi sueño las tías, con esos pájaros muertos encima de sus cabezas, te instaban a que me vieras ¿no es gracioso?, ¡sintiendo lástima por mí!, ¿no es cómico?, casi rogándote. Tú, para mi pesar, te negabas con decisión. "No, no iré", les decías," no la visitaré nunca más. No la quiero para que me cuente cosas. Deseo escucharla callada y mirarla sonreír".






XI


Sin embargo, una vez en el convento, ya ves... necesito de esos jardines rotos, voces vagas rulando por el pasillo, esa seudo-lluvia que se precipita, el sonido de las hojas de un libro...Todo eso se parece a mí en cierto modo, es tan impersonal, tan inhumano como tus besos y caricias. ¿Y no son estos momentos tuyos, por fingidos, por irreales, por esmerados, más bellos y curiosos que todas las caricias y besos que a diario se propinan los auténticos amantes? ¿No hay en una pieza de teatro, y en general en toda obra de arte, una voluntad creadora, una preocupación por la estética, que sobrepasa incluso las fronteras mismas de la perfección, llevando a sus hacedores muchas veces a creerse su propia escena y a disfrutar de un paroxismo místico, inigualable y magnífico? Yo, por mi parte, no aspiro a otra cosa de ti y pienso secretamente que si de verdad fueses absolutamente sincero conmigo y yo de igual modo, probablemente no sería tan hermoso.






XII


Sucede a veces que no puedo dormir. Entonces me dirijo al cuarto de levitación donde algunas religiosas, insomnes como yo, se fustigan sin misericordia. Como siempre adoro nuestros vestidos de noche, blancos y suaves, poblados de rosas rosas. No es casual que nos engalanemos así. La levitación es un fenómeno poco corriente que requiere ciertos mimos, cierta disposición del espíritu y también una pérdida parcial de la conciencia. Nada más abrir la puerta tropecé sin querer, con el cuerpo voluminoso de Sor Águeda desplomado sobre el piso como una gigantesca oruga. Su rostro, en vigilia de facciones bonachonas, brillaba a ratos, por mor del sudor. A ambos costados de ella, y en negros nichos rectangulares, dos religiosas levitaban silenciosas. No sé si levitaré yo también, o si simplemente rodaré dormida. Me faltó la señal y la señal es clave en estos casos: primero un ligero tintineo, muy suave, muy delicado, como escuchado en el viento, luego un árbol que se abre en la ventana, a eso sigue una sutil molestia sentida en mi mejilla izquierda como un roce, como una grácil pluma que me tocara ligeramente aunque sin ocasionarme cosquillas, finalmente veo resurgir mi luz, esa luminiscencia muaré, de visos irisados y cambiantes, que me mueve a temblequear las manos.






XIII


Por el corredor principal: risitas de Sor Gelatina. La llamo así a causa de su flacidez mórbida: es vieja, y la piel le cuelga trémula como las exangües carnes de una iguana. Su rostro pálido, sin vida, más blanco que el rostro de una muerta, alberga unos ojitos negros y biliosos que hacen pensar en dos cucarachines bebés, y lo que es aún peor unos dientes blanquísimos, relucientes, perfectos, los cuales en contraste con todo el conjunto vetusto de su rostro, dan una falsa idea de juventud recuperada que haría chirriar hasta el más fuerte. Incluso mis dientes chirrían al verla, mis uñas pellizcan dadas vueltas la parte más carnosa de de mi mano, mis ojos y pestañas se aprietan compungidos. Por supuesto, he de poner mucho empeño en que ella no lo note, finjo conjuntivitis, jaqueca, dolor de vientre y con estas excusas tan válidas, tan increíblemente convincentes, huyo inmediatamente con dirección a mi celda.






XIV


No es cierto que nuestro amor se derrama como el agua. El tiempo se derrama aunque nosotros ajenos vivimos nuestro tiempo, un tiempo fijo, inmóvil, como el de un reloj sin agujas y sin cuerdas. Nos espiamos, nos seguimos, nos sentimos en el pensamiento. ¡Qué mísero consuelo para dos que se aman tanto! Algún día tendrás que reflexionar mucho en esto y hacer cuentas. Las sábanas que cuelgan huelen bien y se sacuden pero están presas y el aroma del jabón termina por esfumarse. 








XV


Harías bien en comprame una pianola. De ésas que girando una manivela se ponen a rular la música.









XVI


 Recordarás nuestro bosque. ¿Dónde quedaba exactamente? El bosque quedaba más o menos allí detrás de la empalizada...O, como era de esperarse, comenzaba aún más allá, más allá de ese muro de piedra en el que solíamos jugar, luego de los arbustos de los medallones de alpaca, o tal vez calculo mal, tal vez deliro. Porque entonces el bosque ... ¡Ah!, pero el bosque....No lo sé, en el bosque oscuro sólo vacilaba, nunca sabía. Los árboles de la ciudad son tontos pero los del bosque crecen con ferocidad y le asaltan a uno con cuchillos de ácido. Hay que andarse con precaución. Pero tú seguramente ríes, reías entonces y te mofas ahora mientras digo esto. ¿Eso te parece justo? Quiero decir la risa. Analicémosla: ¿es buena? ¿es bella? Yo preferiría que no rieras tanto, que te mostraras siempre serio y hierático conmigo como una estatuilla arcaica . Te quiero mon petit coeur, te quiero mucho, pero más me gustas si estás serio. No es que te deteste en absoluto, tu alegría socarrona no me impacienta, no malinterpretes, es a causa del vértigo, del síncope que sufro cada vez que te veo reír, de esa extraña impresión de dar un paso en falso, en el vacío, igual que en los sueños. Y por supuesto te pierdo. A lo mejor debería reír yo también, como las brujas cuando caen, y exorcizar mi suerte.






XVII


"¿Cómo son ellas, las monjas?" me preguntaste un día. Te diré algo con respecto a ellas: no existen. Aquí dentro, donde me ves, circundada por estos altos muros, nunca hubo nada parecido a una monja. Sólo son sombras que pasan... Y no emocionan.






XVIII


¿De qué me sirven los fantasmas que me das? Hoy un cielo violáceo anunciaba tempestad. Adentro del cielo pensé en tí. Esto no lo sabes aún. A veces deseo otra vida. ¿Escapar? ¿Huir? pregunté a los fantasmas que me das. Ellos tampoco conocen la respuesta.








XIX


Te vi, ¡por fin! Inenarrable. Me susurraste al oído: "ésta es nuestra historia, hermosa como un cuento" ¡Nuestro cuento de hadas!, ¡cuánta belleza!, una historia que no sucede en el tiempo sino en el espacio, de suerte que cada vez que te veo el cuento sigue y prosigue sin que sea posible interrupción alguna. Transida por la alegría de tu abrazo y llevando siempre mi impecable luto, no siento pena, ya no puedo sentirla, de haber estado tanto tiempo separada de ti. Exorcizada de todas y cada una de las maldades del convento, te doy la mano y nos perdonamos pacientemente nuestras faltas. "Eres mi hermano" te digo; "¡hermana mía!", profieres burlón. Olisqueo tu sangre para cerciorarme un poco y compruebo con infinita alegría y benevolencia que huele tan magníficamente bien como la mía.






XX


¿Eso que me dijiste tres veces... con esa voz tan celestial, tan de otro mundo...era verdad? Te creí hasta la última letra. No debería una creer a los hombres. Nunca. tu voz es tan... ¡ay! no sé explicarlo...¿viril? me llega, me embriaga, me cala hasta los huesos. Pero hay algo más, tu voz es tu mejor retrato, hay algo muy tuyo ahí, en esa cadencia, muy tuyo, muy tuyo y de nadie más: cuando te pronuncias, sobre todo al final de las frases, hablas como acariciando como manoseando las palabras, te cuesta dejarlas ir. Uno puede sentir el velour, es ¡sublime!.






XXI


Hoy tengo sed de tí...
De tí, de tí, de tí, de tí.






XXII


Angustia, no puedo sino adorarte. ¿De qué estás hecho amor mío? No hago otra cosa que pensar en ti. De ti se acuerdan los objetos que nunca han estado ni estarán en tu presencia. De ti me hablan y por ti preguntan: los cirios, la campana, el relicario... Tan etéreas sustancias me diste y sin embargo de esas ansias me respiro. Todavía dudo de que exista: si extendieras una mano probablemente no me encontrarías.






XXIII


Y el amor involuntario me crepita como el fuego. Hoy me he confundido, ciertamente, y he depositado una delgada horquilla en el ciborio. La Madre Abadesa me castigará sin duda. Dice que la felicidad viene cuando se concentra uno en lo que hace y no cuando se piensa en tonterías.






XXIV


De todos mis sotanas me he sentido sola. Así me entrego a ti, como nacida de golpe. Me cuesta divisar mi yo porque, como el color, nunca soy en mí misma sino en razón de los motivos circundantes, y es cierto que frente a ti adquiero distintas dimensiones. Oscilo, dudo, la inseguridad me empapa nada más verte de un visible mador. Abandonada por el mundo me he entregado así infinidad de veces. "tantas como para no acordarse". ¿En qué pensabas?, ¿por qué venías? Todo en ti, un absoluto misterio. Apenas entiendo tu amor: nunca mi mano acertó en una caricia, ni mi boca se adecuó a la tuya, ni mi cuerpo se acompasó con el tuyo debidamente. Como si al tocar esperara hallar un tronco, o un piano u otra cosa. ¿En qué pensabas? ¿por qué venías? Ya de lejos adoraba tu pensamiento entero y me martirizaba cruelmente con sospechas infundadas. En vano, desde luego. Nunca te encontré: hete aquí mi anhelo irrenunciable.






XXV


Coronas de espinas, lágrimas de santas, botellas de agua bendita, escaleras de mármol, puertas y celosías, la vida es un recuento de objetos que se pierden. Pero a ti nunca te pierdo: igual que a un hijo el abultado vientre de una madre, te llevo dentro, como una vistosa muñequita rusa.






XXVI


Distinto fuiste y serás de todo lo avenido. Ya al venir tus pasos me recorren la sangre para medir más hondamente mis ansias y al partir arrasan llevándose lejos el mundo que me vio nacer. Eres de tal modo la dicha y la catástrofe que en la dicha lloro y en el llanto río, y todo esto a la vez, como si fuera posible la tempestad en la calma.






XXVII


Preparo un vademécum de botánica. En principio me paseo por las landas para recibir algunas ráfagas vespertinas que exciten mi curiosidad. Pero sobre todo lo que envisage son dibujos. Deseo retratar la vida interior de las plantas, sus relaciones íntimas, sus efusiones y también los lazos que las unen temporalmente a ciertos insectos y los entresijos que las llevan a mantenerse suspicaces frente a otros. Dirás, sí pero las plantas...Prejuicios, adorado hermano, simples lugares comunes. Si hubieras observado la naturaleza como yo lo vengo haciendo desde un tiempo, caerías finalmente en la cuenta de que encierra tantos misterios, inexactitudes y contradicciones como en toda la Biblia entera. ¿Con qué derecho nos lanzamos así a juzgar tan superficialmente lo que tan escasamente conocemos?






XXVIII


Esta tarde en el jardín, pelea abierta con Sor Inés: gritos, arañazos. Pretendía mi escapulario. La empujé contra las dalias -mis hermanas las plantas me adoran sin condición-. Siento paz en el corazón pese a todo, aunque una ligera tristeza. Mi levitación nocturna se resiente en ocasiones cuando riño.






XXIX


No se me encuentra. He estado en la oscuridad, he estado escondida. Sin embargo, hoy por la tarde, y sin que nadie lo anunciara, visita del Padre Dulac. Frías sospechas recaen sobre mi cabeza como lenguas viperinas ¿qué haré?. Decir crimen es mucho cuando casi lo he olvidado. Examino detenidamente una grieta que surca de lado a lado la pared frontal de mi celda. La recorro con el dedo suavemente, la acaricio, y luego con la punta de la lengua siento el filo. Fascina. A mitad del trayecto la fisura se ensancha, mi pulso se acelera, mi desasosiego es inmenso. Nunca me he sentido tan querida.






XXX


Quiero contarte hoy lo que pasó en el refectorio, no tiene pérdida y además sé que te gustan mucho las estampas. Estábamos todas juntas, muy sentadas y en silencio. Bien mirado aquello parecía una juiciosa familia de insectos. La Madre Abadesa había bendecido la mesa y tras finalizar su largo y melodioso ruego, comenzó la algazara adolescente. Algunas monjas que cabeceaban dormidas -las más viejas-, se despertaron molestas y con amargo desdén chasquearon sus lenguas. Muy cerca de ellas y ajenas a su mal humor, un grupo de novicias intercambiaba rosarios, los había de muchísimos y muy variados colores: con abalorios de nácar, de perlas, de rubíes, de zafiros, y de otras gemas irisadas que no supe adivinar su nombre. Advertí con curiosidad que otro grupo ubicado justo enfrente mío, debatía ansioso los misterios de la Virgen. Me aproximé. Yo no entendía muy bien por qué Sor Inés tenía la piel encarnada: la nariz se le había puesto roja de súbito, los pómulos le ardían como el fuego y ahora encima se cubría con un vaso avergonzada. El rosa del vaso incrementaba aún más el calor de su rostro. De pronto no pudo más, estalló, se levantó de su asiento y con una excusa perfectamente idiota salió corriendo como alma que se lleva el diablo. Las tres hermanas que la interpelaban se miraron interrogativas, dejaron asimismo sus sitios, y la secundaron detrás, ¿qué habrá pasado? me pregunté intrigada. Por supuesto y como supondrás, me uní a la comitiva para averiguar que tramaban. Atravesamos el largo pasillo que conduce hasta la celdas y penetramos en el amplio recinto de Sor Inés. Está aquí-dijo Sor Inés- con un halo de alegría en la frente mientras abría con una diminuta llave el tercer cajón de su cómoda. Fue entonces cuando la vi. Todas sabíamos de su existencia pero nadie se atrevía a preguntar más . Tal era el silencio creado en torno suyo que pasó a tomar el ampo de un mito. La estampa, en realidad una postal blanco y negro, revelaba a una pareja de amantes en el mismo acto del amor. Perfumada en refinados aromas de jazmín, Sor Inés, indicaba con un dedo delgadísimo, algunos detalles nimios haciendo aclaraciones, suposiciones, en fin toda una sarta de exégesis que las otras escuchaban perplejas, duras, con los labios resentidos y apretados. Yo pensaba en mi interior que todo eso no podía terminar bien. De pronto un brazo sujetó otro brazo y una de ellas prorrumpió en un grito ¡no la toques ! exclamó. y la foto se precipitó al suelo. Entonces Sor Inés intervino para musitar algo de un escapulario prendido a un corazón, o de un corazón encendido en llamas, o de una llama que perdonaba los pecados, la cuestión es que nadie le hizo caso. Abrumadas por el odio y la excitación malsana y en medio de frenéticos y atroces forcejeos terminaron por rasgar la estampa. Una de ellas, cobró vida y tras mirar a su vecina como solicitando permiso, se acercó para dar la estocada final: cogió la foto y con absoluto fervor la partió definitivamente en dos.






XXXI


Imagina ahora que yacemos solos los dos en medio de un sinuoso bosque y que muy cerca nuestro gotea una fuente. La fuente murmuraría con su frescor de piedra y nuestra piel ya pálida de por sí, se volvería blanca y blanca. Qué alegría siento al descubrir ese albor imprevisto y tu mirada ansiosa posada sobre mi boca. Me susurras maliciosamente: cuando uno ama de verdad, pierde su atuendo, se vuelve un animalito alegre y jocoso que salta con desdoro.






XXXII


Yo siento que Dios está latente en estos actos tan nuestros, subrepticios, e imparables. Como una ola que se desata de golpe, loca y violenta sobre la superficie impávida del mar. De otra manera no se explica. Tal impresión me sobreviene también, a veces, ante la contemplación de una flor y en general cualquier detalle mínimo de la naturaleza. Uno debería poder llegar a una conclusión así sobre el universo a partir de un elemento tan simple y sencillo como una flor o una gota.






XXXIII


Divina comedia de resurrección. Desperté y vislumbré este lago, refulgente como un sable. El Padre Dulac me desconcentraba, a veces, con una mirada profunda, vidriosa. El otro día en el reclinatorio... Después de unas pesadillas recurrentes en las que lo veo atravesar la noche como un gigante mitrado, en su mano izquierda un ostentoso báculo con mi efigie encaramada. ¡Turbación, hermano mío, qué miedo siento!










XXXIV


Y me preguntas y te godeas: ¿Estás desesperada? Sí. ¿Muy? ¿Cómo de desesperada quiero saberlo? Como una costurera que sirve de acerico a todas sus agujas.






XXXV


Perfectamente: somos criaturas del bosque. Tiembla la hoja con su redonda y transparente gota y yo me estremezco por dentro. Y cuando digo que te amo, a este oscuro sentimiento contribuyen también las miríadas de estrellas negras esparcidas por el suelo que no son otra cosa que los frutos de los pinos, la rocalla de unas ruinas que me recuerdan mi muerte, los pájaros heridos, el ulular del viento, en fin, todo tan salvaje. Nuestros cuerpos desnudos arañados, sangrando por delgadas líneas, comiéndose la vida.






XXXVI


Es viernes. La Inmaculada Concepción me persigue como una colosa de piedra. Blanca, inmensa. En estos días aciagos en que ni siquiera ella hubiera podido evitar la caída -tengo ataques, convulsos, desgarradores, en los que creo morir-. De una manera casi obsesiva, orando, rogando, planificando, pensando entre los cirios, la mejor forma de aplazar "eso". Pero "eso" seguía estando ahí, no se iba, se incubaba -Debí caer en el despeñadero-. Y ahora que se me despertó me desespero, me caigo vertiginosamente y mi amor es este grito.




XXXVII


Deseo ser enterrada con mis muñecas amadas. La razón de que las quiera tanto estriba en el hecho de que no pueden llorar. ¡Qué hermoso y gratificante sería verlas llorar adentro de las hornacinas de vidrio dispuestas a cada lado de los pilares del templo! Les prendería a cada una un sirio y sus minúsculas lágrimas brillarían aún más exaltadas por luz del candil. Mi adoración se redoblaría hasta la concupiscencia. Cuando muera me convertiré yo a mi vez en una hermosa muñeca.Seré la muñeca de la tierra. La tierra me manoseará hasta que mi lloro quede roto, y luego habrá un gran silencio creativo y la vida volverá a brotar de otra forma, más misteriosa aún, hasta hacer cosquillas en el cielo.






XXXVIII


Es de noche. Las horas corren parejas, ajenas, superficiales. No sé nada de ti. ¿Qué ha pasado? La muerte. Hasta la tristeza me abandona hoy. Un silencio de piedra recorre los pasillos del convento, ese silencio es soportable porque en él mis cavilaciones no tienen límite y entonces vuelvo a mis antiguos recuerdos de ti que tanto me obsesionan. Sobre todo uno: Aquella vez que, sin importarnos ya nada, nos unimos desesperadamente en un hondo e imprevisto beso, detrás de las celosías. Aquellas rejillas de hierro orladas en flores y acantos resistieron buenamente nuestra pasión. Luego, mientras te marchabas, me tiraste del pelo por entre las rejas, y yo reí locamente. Estoy segura que si te decidieras, me transmitirías con tu albumen, ese algo indescifrable que te hace superior a los otros, que los sobrepasa con creces. Muy por el contrario continúo siendo una sombra entre el resto de las sombras, una monja con la forma de otras, semejante a otras, atravesando pasillos, subiendo escaleras y cerrando puertas.









XXXIX


De este modo vuelan las aves: desprendiéndose. Y desde luego, parecen volar infinitamente mejor cuando desprecian la tierra que cuando la recuerdan.










XL

Hastiada de tu inexistencia, me apronto a contar girándulas, caireles, alamares, piedras, cirios, mosaicos, cabellos, y todo lo que se deje bondadosamente contar. Mi intención es llegar al infinito.










XLI

Después de aquél imperdonable y memorable descuido, el Padre Eterno buscó y rebuscó y halló finalmente la prueba inculpadora, "el peine capital de los pecados". La Madre Abadesa me persigue ahora con sus trágicas tijeras! ¡Seré calva! ¡Seré calva! A menos que... Pero me volveré tenebrosa, oscura y turbia como su mirada...








XLII

El tiempo pasa sin tí, no puedo soportar eso. No puedo soportarlo más. Aprieto mi cilicio. Es bonito: negro y brilla, con unas cadenitas de plata y unas estrellitas con púas, negras también, que se clavan en la piel. Este dolor que me atenaza la pierna como si portara una corona de espinas, o como si en ella se hincara la desdeñosa piraña, es en realidad un un desahogo, un desenfreno. Me place disfrutar de ese dolor. Tantos días y noches sintiendo tan injustamente nada, que gritar ahora apenas, con los labios torcidos y los ojos desfallecientes, me parece una bendición. Sospecho que tú también gozas de estas pequeñas travesuras mías. Suplicas -tu costado más dulce y mirifico-. Te pierde observar mi neblinoso cuerpo desnudo, al tiempo que soy azotada por tan silenciosas réspedes: las disciplinas de seda, aquellas de rosa y marfil que la Madre Abadesa me obsequiara tras advertirme tan guapa. 








XLIII

No es cierto que te tenga. Nunca te tuve. Lo verdaderamente prodigioso y sobrecogedor no es la voz sino el eco. Y yo me he maravillado, me he conformado de tal forma ¡qué triste! No acepté la realidad. Ahora mismo esta tinta, ¿no es también un consuelo, una manera de...? ¿Nos volveremos a amar en la otra vida? ¿Llegará esa vida finalmente?






XLIV


Y lo que tenía que pasar pasó.






XLV


Lecciones oscuras. El Padre Dulac se lavaba las manos antes de la consagración; y yo bebiendo de debajo del clavecín como un corazón enfermo. La luna es bella sin embargo.






XLVI


Mi secreto. Hermoso y horrible a la vez. Estoy extrañamente contenta. Una sensación viscosa se remueve en mi vientre como un sapo. Me acuesto con los ojos encantados.




XLVII

Esta tarde a la nochecita, maté a Sor Gelatina. Lo siento. Me veo apenada por su muerte pero también exultante y llena de un júbilo delicioso y rejuvenecedor. No soportaba el olor a alcanfor que desprendía -su olor a santidad- y esa presunción y manía de perfeccionismo me hacían muy desgraciada. Lo siento, lo siento tan hondamente pero cómo evitar el desastre. Todo iba relativamente bien, un momento tan sólo, una risita suya creo -cínica-, y perdí los estribos. Cuando miré entre mis dedos, la violencia y el horror me asaltaron rápidamente. Ahora mismo es muy tarde y me encuentro muy fatigada, mañana por la mañana madrugaré bien temprano y pensaré bien qué hacer.



XLVIII

En los aposentos del P. D. más o menos una veintena de tortugas se esconden a mi llegada. Tropiezo con ellas a cada paso, me vigilan, me celan, me observan de reojo. Una se resguarda lentamente debajo de una manta raída. Otra oscila la cabeza por afuera de su costra oscura. Veo sus ojitos brillar, sus lentos párpados Todo se desenvuelve de una manera lenta, a cuentagotas. El P. D. se toma un tiempo antes de recibirme. Me esperaba -me dice. ¿Me esperaba? Vistiéndose detrás un biombo de decoración bizantina. Su labio superior hundido como un pico de tortuga, si lo pienso bien todo en él recuerda a una tortuga: su graciosa y entrañable calvicie, su cuello amontonado en pliegues por debajo de la nuca, su piel fría. Me toma mis dos manos temblorosas y las besa a conciencia entre sus labios. Adoro a este ofidio horrible que me acoge entre sus brazos débil y palpitante. 



XLIX


El amor más espantoso que siento por ti va a desaparecer un día para siempre y nadie sabrá nunca que te he amado.


LX

Mi cabello continúa creciendo bajo esta túnica oscura y veo todos los días brillar mi sol. ¡Qué manos tan deliciosas tengo!, gráciles y veleidosas como una mariposa inquieta. Así las recuerdo sobre la piel de tu rostro, aleteando nerviosas, tímidas, tremendamente tímidas ¡Dura tan poco!






LXI


Entonces comienzas a sentir mucha lástima, mucha lástima, ese sentimiento que te es tan ajeno y nocivo porque se te pega y no te deja como el olor del jazmín, y te dices a ti mismo que igual prefieres estar muerto antes de sentir pena por una hermana ríspida y anodina como soy yo, más sosa y más frígida que aquella estatua    en cera de la Virgen María, de cuyas densas pestañas se enamoraban los fieles.






LXII


¡Cuánta tristeza!, ¡cuánta!






LXIII


Nunca encontré a mi alma gemela. Jamás nadie me amó. Nunca vislumbré en el mundo nada que se pudiera decir maravilloso ¿no es triste eso? Y lo que resulta más curioso aún: Tampoco me esmeré mucho en buscarlo. Ya a temprana edad sabía de mi imposibilidad de encontrar, como si en mí misma, en mi esencia, en mi sangre, en las huellas más recónditas de mi ser, figuraran inscritos con letras bien grandes y en mayúsculas los designios mismos de mi decepción. "NO BUSQUES, NO LO ENCONTRARÁS. NADIE SOBRE LA TIERRA PODRÁ COLMARTE"


.






LXIV


Los días se acumulan sin ti e incluso así tu recuerdo los excede. Tu imagen incalculable ¡cómo me impresiona! Adorarte -sí-, desde un punto ciego y minúsculo que soy. Rezo por ti, todos los días, junto a mis muñecas amadas. Rezo y suplico que por favor no te olvides. Mi rosario de topacios amarillos, centelleando firmemente en mis manos.






LXV


¡Ay de mí si no te encuentro! ¡Sólo gracias a tu imago valió la pena vivir! Mariposa monstruosa artífice de mi existencia. ¿Por qué no me estrangulas ahora con tu lengua espiralada?, ¿qué te impide hacerlo? Morir, morir en el hueco oscuro de tu boca con los ojos bien abiertos, absortos. Mi más inconfesable deseo.






LXVI


Desde tu adiós aquél, me quedé mirando fijamente tan sólo mis pies desnudos.






LXVII


¿Y por qué no podré vivir así siempre resurgiendo de tu pecho como del mar? ¡Oh! Trabaja, tristeza, trabaja. No más momentos felices, no más. C' est fini. No encuentro razón para volverte a ver. Por otra parte, tú jamás las has tenido; y todo se ha quedado así: en un tonto juego de niños.






LXVIII


Aceptar que de mí te has ido -¿para siempre?-. Y encima el indescifrable cielo que me pide una limosna.






LXIX


Que me hayas querido también. ¡Dios mío! El funesto mensaje de las hojas me entristece. No, no su murmullo, la oscuridad que portan; y, en contraste, esta bella alegría recobrada. Tarde, muy, tarde, parecida al viento que se pierde entre las ramas.






LXX


Algo de ti queda, más luego, en esta noche aterida. O de otro modo: seguramente que me quieres aún, un desequilibrio -llamémosle-, un filo, un equívoco aire, un presentimiento indefinido, corta la sangre y paraliza el tiempo. ¡Y no me pienses ya más, s'il te plaît, con los párpados bajos, que de tus ojos caigo!






LXXI


¡Qué desolador paisaje al despertar! Desteñido, ahogado, ciego de blancura. Hasta el más atroz de los héroes caería derrotado. Querida sangre, bella, siempre bella. Adiós, gargantilla, adiós.






LXXII


¿Qué? ¿que del juego te has cansado? ¿que sólo ves morralla en mi eterno paraíso? ¡Ah! , ¡Ingrato, ingrato, ingrato!






LXXIII


¿De qué me quejo? Así te conocí y así te amo: inconmovible.






jueves, 16 de febrero de 2012

Hospital de muñecas


En los días soleados, los muebles de roble de mi abuela resplandecían de una luz otoñal, y toda la casa se impregnaba de una fragancia que olía a fruta y a madera fresca. Ella solía decirme: "No toques esto, querida; no toques esto", y es que no le gustaba que husmearan en sus muebles, en los que guardaba celosamente, y con llave, todos sus secretos.
               
Al morir, mamá los vendió todos y se compró un costoso y finísimo tapado de piel. En vano saltaron mis lágrimas rabiosas o mis continuados y múltiples lamentos: al entrar en la casa, el comedor me recibió solo y vacío, únicamente la luz que entraba del balcón era la misma y, cual un bostezo mágico de sueño, me recordaba un poco la presencia de Abuela.
La habitación se llenó muy pronto de otra gente, unos niños se arañaron y rieron justo en el mismo sitio donde antes reñíamos nosotros. Y era natural y esperanzador descubrir que habíamos crecido.
Pero eso fue después, después de la noche larga en que conocí a Abuela
-Abuela no era Abuela, Abuela estaba adentro de sus muebles, cerrada con llave y en la sombra-; porque Abuela se me presentó en toda su maldad y en toda su magnificencia.
Ayer, tras rememorar todo aquello, volví a la habitación y encontré pelos en el cajón de su cómoda. Fue todo un detalle y una sorpresa para mí. Gracias, Abuela (me hacía ilusión tocar la aspereza de tu pelo; pero… ¿cómo llegaste a saberlo?, ¿adivinabas mis palabras antes de que fueran pronunciadas?). En el segundo cajón, y escondido entre la ropa, descubrí un álbum; en el tercero, nada: basura, tickets de compra, galletitas empapadas de perfume, una botella medio vacía de colonia y una cajita de fósforos.
Hojeé el álbum con detención. Se trataba de fotos viejas, blanco y negro, en las que varias jóvenes, de aspecto alegre y distendido, se tomaban de la mano o reían, con una inocencia inusitada. No reconocí a Abuela, aunque a decir verdad, podría haber sido cualquiera de aquellas jovencitas con sombrero campana y vestido hasta el tobillo.
Cuando me decidí a guardar el álbum, una foto se soltó rebelde de entre las muchas que había sueltas, y cayó al piso. Me llamó la atención porque en ella aparecía una mujer de negro, sentada y con mirada hirsuta, sosteniendo en sus brazos una extraña muñeca. La muñeca llevaba un vestido blanco como de gasa o tul fruncido al talle, era de pelo oscuro y su piel lucía fina y frágil como la suave piel de un bebé.
Al abrir la cajita de fósforos, y para mi sorpresa, encontré allí mismo la muñeca novia. Tenía unos ojos amplios y brillantes como dos espejos constelados. Me incliné un poco más sobre el féretro para captar el secreto de aquella desnudez, pero la muñeca continuó muda e intacta reflejando las estrellas y no se movió, no pestañeó siquiera. Sin embargo algo cedió cuando toqué su rostro pálido y genuino como una luna, algo se ablandó al contacto de mis gemas, algo que se abrió paso en mi interior como un beso o como la necesidad de besar, que viene a ser lo mismo. La cogí en brazos y me fui corriendo. Fueron los días más felices de mi vida. La quería igual que a una hija, con pasión enfermiza y adoración malsana. Fue con posteridad a este hallazgo que fundé la casa, una clínica para muñecas, cerca del lago del castillo.
Al principio estábamos siempre solas, pero luego comenzó a venir tal gentío que no daba abasto con tanto trabajo y muy pronto la boutique se revistió de vida y color cuando comenzaron a acudir los pacientes: osos tuertos de peluche; muñecos de pasta, de goma, de cartón, de celuloide; muñecas amputadas, calvas o con el pelo apelmazado; nenucos tatuados con bolígrafo… Todos demandaban mi cariño y atención y esperaban ser restaurados, claro.
Lo más difícil era la restauración del pelo, usaba unas agujas largas y finísimas de metal y debía tener mucho cuidado en no pincharme. Algunas muñecas necesitaban sólo un retoque de pintura y eso no me demandaba mucho tiempo. Otras en cambio requerían costura y otras que se les restauraran las pestañas o los ojos.
A fin de hacer más ordenado mi trabajo, lo mantenía todo cuidadosamente limpio y a disposición: en un estante, las cabezas -que daban gracia y colorido a la sala-, en otro más abajo los cuerpitos, en otro solo piernas, brazos, pies y manos. Las piezas más pequeñas como ojos, narices y bocas, las guardaba en los cajones de la cómoda; y en las cajas más grandes del sótano depositaba los rellenos y el vestuario.
Un día vino una muñeca quemada a la que su propietaria había metido en el horno creyendo que era un hospital. Tuvimos que cambiarle la cabeza. Tuvimos, sí, digo bien: Elda y yo. Si aún no la he mencionado es porque su sólo recuerdo me produce escalofrío. Elda era mi ayudanta, mi mano derecha. Fue menester contratarla ya que, como mencioné anteriormente, no daba abasto con todo el trabajo yo sola y había noches en las que no dormía. Y si lo hacía, era porque me quedaba dormida; aunque en cualquier caso continuaba mi trabajo en el sueño, lo cual resultaba agotador y desesperante. Elda tenía ojos de pájaro, unos ojos rasgados y sin iris, no me inspiraba confianza; además siempre se aparecía por atrás, de improviso, con las dos manos juntas y en actitud suplicante, y esa falsa modestia me repugnaba. ¡Si hubiera hecho caso de mi instinto! ¿Por qué será que descuidamos tales ruegos? Creemos en el dinero como en Dios y en lo que dicen los astros y las leyes, cuando sólo con el instinto y en un segundo se pueden conseguir ¡tantas cosas!: si sólo confiáramos en nosotros, seríamos nuestro propio oráculo y nuestra más certera predicción.
Pero confié en ella, es cierto. Y todo porque me trajo una carta en la que presumía, entre otras muchas experiencias, de haber sido la cuidadora oficial y restauradora maestra de todas las muñecas y juguetes de la reina. ¡Esa pájara! Y hacía tan bien su trabajo, con tanta eficiencia y dedicación, que me tragaba mis antipatías y guardaba silencio porque en realidad y para mi mayor tormento no había nada que reprochar. Ella llegaba todos los días a las siete y media, colgaba su abrigo negro de piel de astracán, se ponía la bata gris de tarea y eso era todo. Se ponía a trabajar. Entre las dos sólo había gestos y miradas de reprobación o desprecio que iban y venían de un lado a otro como cuchillos sangrantes. No necesitábamos hablar. Luego de hacer la caja y anotar cuidadosamente los pedidos, se marchaba justa y medida, siempre de negro, tan silenciosa y misteriosa como había venido.
Y yo me quedaba sola nuevamente con mi muñeca-novia ¿o debería decir muñeca- hija?…, porque las demás no eran hijas para mí, no existían, eran sólo muñecas. Y al final siempre estaba sola…; yo y mi hija, yo y mi muñeca. Pero era un poco más que la soledad porque uno nunca está solo cuando está con sus recuerdos. Y eso lo sabía Abuela mejor que nadie, que se llevó el juguete a la tumba y luego me lo trajo de consuelo.
Pero es cierto… Elda... Elda… Siempre Elda. Elda la perfecta. Elda de aquí, Elda de allá… Elda la admirada, la reverenciada, la verdadera dueña de todo. ¡Y cómo la querían las clientas de la casa con su trato siempre cordial y distinguido!… se notaba que había tratado con la realeza: nunca una palabra de más, siempre una solución para todo. ¿No es cierto Elda?, ¿no es cierto que no existen los problemas, qué sólo hay soluciones?
Recuerdo que ella la miraba con inquina (inquina que en el fondo eran celos), y por ejemplo, exclamaba: "¡qué hermosa muñeca la que trajeron hoy!" ó "¡qué simpática aquella la de los rizos plateados!", pero nunca nada sobre la mía… era una forma sutil de desprecio. Y, si yo envalentonada esgrimía algún comentario halagador sobre mi alma, se limitaba a acotar en un tono muy bajo y despacioso, que a su parecer lucía un poco vieja y también algo sucia y desgastada. Entonces yo la frotaba con el trapo amarillo de limpieza, le ponía el perfume de la abuela y le arreglaba el pelo con el peine de madera; pero, lógicamente, nunca quedaba bien del todo porque estaba muy dañada, y aún así, no obstante sus imperfecciones, muy por encima de todos sus defectos, guardaba siempre ese  secreto encanto,  esa fascinación irrenunciable de las muñecas muy antiguas, muy viejas, que, uno no sabe muy bien por qué, te sobrecogen el alma como si estuvieran siempre diciendo adiós y despidiéndose desde un lugar ignoto.
Un día sucedió lo inesperado. Luego de tomar el desayuno y mientras Elda se afanaba en la cocina con la limpieza de unos vasos, la levanté en brazos para volver a sentir la suavidad de su cara y el aroma a caramelo derretido que emanaba de su pelo. Recordé entonces cuando hacía eructar a mi bebé. Un impulso incontrolado me sobrevino al alma y me .llevó a golpearle dos veces por la espalda sin obtener mayores resultados. La muñeca no eructó, sin embargo, y luego de reiterados intentos, algo cantó en su vientre como un trino. Fue como un murmullo apenas, un sonido tenue y fugaz, desvencijado. Agucé un poco más el oído, a fin de discernir lo que en su muy rudimentario lenguaje intentaba comunicarme y entonces pude oírle pronunciar con claridad. Alcanzó a decir tres palabras nada más: "mañana no, mami". Y cuando me fui a acordar Elda ya la estaba bañando en el lago desnuda y bajo la luz de la luna. Se deshizo en el agua con la misma agilidad de un suspiro porque estaba hecha de una pasta muy fina, sólo quedaron sus ojos, como dos lágrimas redondas y suplicantes; los que me trajo Elda en la palma de su mano.
-¿Y el vestido? -la increpé mientras advertía unos ojos que me miraban temblando, absortos y horrorizados como implorando mi ayuda (mis ojos).
-Se lo llevó la corriente y cuando me di la vuelta ya estaba demasiado lejos…
Me cubrí con las dos manos y rompí a llorar. Y fue como un signo porque nunca más volvió Elda. Se fue como se van los malos tiempos: llevándose siempre lo mejor de nosotros y dejándonos absolutamente rotos y vacíos por dentro. Los ojos, como cabía esperar, los guardé en la cajita de fósforos. ¿Qué? ¿Qué dónde está la cajita? Ya lo he dicho: en el tercer cajón de la cómoda al fondo. El que desee las llaves, ha de pedirlas a Abuela.